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josé santugini, guionista

 “Una aventura de amor”

José Santugini

“Buen Humor” N. 505, 6 de septiembre de 1931

I

Una aventura de amor, sí; una aventura de amor nacida en la sección de anuncios por palabras de un diario cualquiera.

Decía así el anuncio:

“Señorita distinguida cambiaría correspondencia con caballero, a ser posible culto y moreno. Laura. Calle de la Nación. Continental.”

Decía así el anuncio y así estuvo diciendo por espacio de una semana, con insistencia angustiosa.

Al octavo día escribí:

“Señorita Laura: No soy culto, pero en cambio soy moreno. ¿Puedo servirla en algo? Me interesa conocer esas cartas que usted ofrece, como si fueran un específico. A mí, que me cuesta gran trabajo escribir a la familia, me intriga el saber qué puede decirse por carta a una persona totalmente desconocida. De V. s. s., etcétera.”

Y al día siguiente, en un papel azul y perfumado, llegó a mí la respuesta.

“¡Tonto! A una persona desconocida se le dice: Quiero conocer a usted. Nada más. Y se la cita en el café “La Alianza”, por ejemplo, para las cuatro de la tarde de mañana. ¿Verdad que es muy fácil? Pero no: a mí no me engaña usted; estoy segura de que es un picarón redomado que se las echa de ingenuo… He adivinado, también, que es usted, además de moreno, alto, guapo y muy simpático. Bueno, hasta mañana. Espéreme en la tercera mesa del primer turno de la izquierda, conforme se entra. Laura.”

II

A las cuatro y cinco minutos, una viejecita vestida de negro, cubierta la cabeza con una manteleta y apoyada en un bastoncito, se aproximó a mi mesa.

-Buenas tardes –dijo.

Me alcé yo del asiento e hice una reverencia.

-Señora, acaso es que Laura no…

-Laura soy yo.

-¡Ah!

Sonreía plácidamente la viejecita, que era como la ilustración de un cuento de Navidad. Detrás de los gruesos cristales de las gafas brillaban alegres e ingenuos unos ojillos, presos en una red de arrugas.

Tomó asiento junto a mí, luego de dejar el bastón en una silla cercana.

De modo que usted es Pepe.

-Sí, señora; aunque no lo parezca -dije estúpidamente.

-¡Vamos! –exclamó ella a guisa de comentario-. Pues yo soy Laura.

Tanto gusto, señora.

-Señorita.

-¡Oh, perdón!

-No se preocupe.

Y añadió después:

-Bueno; ¡pues ya nos conocemos!

-Sí, claro –asentí yo-; ya nos conocemos.

-Y ha sido una verdadera casualidad.

-¿El qué?

-El que leyera usted el anuncio. Vengo poniéndolo desde hace cincuenta y cinco años, o sea, que el primero se insertó cuando yo apenas tenía veinte. ¡Cosas de chica! Y desde entonces la única carta que he recibido ha sido la suya.

Un golpe de tos le impidió continuar. Yo eché agua en un vaso y se la ofrecí.

-No, gracias; ya ha pasado. Me ocurre muy frecuentemente.

-Debe usted cuidarse –aconsejé por decir algo.

Y ella contestó:

-¿Pero es que cree usted que no me cuido? ¡Pues si no hago otra cosa! Me paso todo el santo día tomando medicinas que no me sirven para nada. Y es que va una siendo vieja. Aunque yo no represento los años que tengo… ¡Ejem! ¡Ejem!…

Extrajo de su bolso de mano una cajita; de esta, dos comprimidos que disolvió en agua, y fue bebiendo, sorbo a sorbo, con aire satisfecho, no sin antes preguntarme si yo deseaba beber también.

Desde una mesa lejana, un caballero nos observaba complacido, pintada en el rostro la grata impresión que le producía nuestra presencia.

-¡Ajajá! Ya estoy perfectamente. Este medicamento regula el corazón y las funciones digestivas. Me va bien con él. ¡Ah, si encontrase algo parecido para el asma!

-¿Tiene usted asma?

-Casi tanta como diabetes.

-¡Todo sea por Dios!

-¡Bah! No hay que inquietarse demasiado por estas cosas. Si yo fuera aprensiva me habría muerto ya hace mucho tiempo. Hará tres años que tuve un ataque de reúma… ¡Pues, y cólicos nefríticos!

Se aproximó el camarero:

-¿Qué va a tomar la señora?

La viejecita reflexionó un instante:

-Tráigame una copa de coñac –pidió luego.

-¿No le hará a usted daño? –aventuré yo.

-¡Un día es un día! Lo tengo prohibido, claro está, pero no importa.

Sonreía, sonreía siempre, con una sonrisa contagiosa. Desnudó sus manos delgadas y pálidas, que traía cubiertas con unos mitones negros. Y me miró.

-Es simpático este local, ¿no cree?

-Sí, mucho.

-Yo había soñado siempre con una cita de amor en él. Tiene un dulce recogimiento, una suave tranquilidad propicia a las confesiones amorosas.

Volvió el camarero; colocó sobre el mármol una copita y escanció en ella el coñac.

La viejecita extendió la mano derecha, tomó la copa, la alzó y, luego de una mirada, dijo:

-Por usted, Pepe; por haberle conocido.

Y bebió.

Fue todo tan rápido que apenas si pude darme cuenta de lo ocurrido. Recuerdo que inmediatamente se incorporó, los ojos desmesurados y las manos atenazadas al pecho, y que dio un grito agudísimo para caer en seguida al suelo.

Acudieron las personas que había en el café; la sentaron en una silla, intentaron reanimarla… Inútil todo. ¡Había muerto!

El caballero que antes nos sonreía desde una mesa lejana se aproximó a mí para decirme con acento dolorido:

-¡Pobre señora! Era su abuelita, ¿no?

Pero yo tuve un noble gesto:

-No, señor –denegué-; ¡era mi novia y nos queríamos mucho!