francisco garcía pavón en televisión

Durante la Transición la novela negra a la española conoció un auge inusitado, debido probablemente a su capacidad de formular en clave de intriga y entretenimiento las convulsiones de la época. Fue un género basado en el modelo hard boiled surgido en Estados Unidos durante la Depresión económica. De él tomaba la ambientación urbana y la figura central del investigador escéptico que no se casa con nadie porque ya sabe que a ambos lados de la línea que separa el crimen de la ley se cuecen las mismas habas.

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Anduvieron entonces teóricos y narradores empeñados en la búsqueda de una tradición propia, que nutriera de elementos autóctonos el patrón foráneo. Uno de los nombres que siempre figuraba en estas genealogías era el del manchego Francisco García Pavón. Se había empeñado éste, a principios de los años sesenta, en una serie de narraciones cortas protagonizadas por un modesto policía municipal de Tomelloso, apodado Plinio, y su sanchopancesco adlátere, don Lotario.

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Las referencias de García Pavón no eran Dashiell Hammet ni Raymond Chandler, sino la tradición cervantina y la crónica de crímenes horrendos que había alimentado la literatura de cordel en España durante un siglo largo. No hay aquí grandes equipos especializados ni sofisticadas técnicas forenses. Plinio y don Lotario resuelven sus casos a base de conversación sosegada mientras lían un pito o juegan la partida en el Casino de la plaza.

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mingote en televisión

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Este señor de negro se desarrolla a lo largo de trece episodios entre 1975 y 1976. Al no contar con la mediación del productor José Luis Dibildos y de los directores asignados a los proyectos en que Mingote ha intervenido hasta entonces como guionista, ésta es la obra más próxima a su humor que podamos ver. La auténtica plasmación audiovisual de su mundo resulta invisible, pues es una película perdida: un súper-8 rodado a lo largo de un tiempo indeterminado con la plana mayor del cine español e internacional de paso por España en la que intervinieron Tono, Luis G. Berlanga, Paco Rabal y un largo etcétera.

La vuelta al mundo en 80 espías estaba libre de toda servidumbre debido a su carácter amateur en formato subestándar y bebía directamente del manantial de aguas con alto contenido surreal de La Codorniz. En cambio, esta serie para la primera cadena de Televisión Española y la película Vota a Gundisalvo (Pedro Lazaga, 1978) resultan fiel reflejo del chiste diario que lleva publicando hace más de veinte años en ABC.
 

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las quota quickies de michael powell

Un trabajo en curso, como he ido haciendo con la producción excéntrica de los Ealing Studios, centrado en las realizaciones de Michael Powell previas a su asociación con Emeric Pressburger.

Para revitalizar la langideciente industria doméstica frente a la invasión hollywoodense del mercado británico, el gobierno promulga en 1927 la Cinematograph Films Act, que establece una cuota mínima de cine propio que distribuidores y exhibidores debían tener en cartera para poder estrenar las cintas procedentes de Estados Unidos.

Bien sea a través de filiales, bien sea mediante empresas interpuestas, las majors conciben inmediatamente un sistema de producción de serie B, rodada en Gran Bretaña. Aparecen así las denominadas quota quickies –“rápidas de cuota”- con las que realizaron su aprendizaje algunos directores en el incipiente cine sonoro, entre ellos, Michael Powell. En el mejor de los casos son películas rodadas en diez o doce días a un coste de una libra por pie de película terminada. Como las cintas suelen rondar la hora de duración, el coste total estará en torno a las 5.500 libras. El guionista recibe 150 por el material de partida. Un actor jamás cobra por encima de las 250. A lo mejor es por eso, precisamente, que se abordan temas y se ofrecen tratamientos que nunca llegarían a una producción de prestigio.

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