SrFeliu

del anaquel

descartes del buñuelo

Unas páginas que quedaron fuera del primer capítulo de El mundo es un buñuelo: la muerte del patriarca de la compañía familiar de arte lírico…

Primer cuadro del segundo acto. Anochecer en Castilla La Vieja. Un atardecer invernal que seguramente habrá cantado don Antonio Machado, lo que le permite a uno obviar la pintura y pasar directamente al meollo del asunto. Dos carros se aproximan por la carretera, hundiendo sus ruedas en la nieve. En el primero, las riendas se hunden en el bulto de la manta, únicamente animada por el brillo de los ojos. Como la caballería sólo tiene que seguir la ruta, el abuelo Juan Acevedo saca el tabaco del bolsillo. Deja caer la manta y lía un pito. Una ráfaga de viento apaga la cerilla. El abuelo tiene sus prontos: se caga en el viento y en la madre que lo parió. Si no hubiera perdido el chisquero… Por fin logra, con la penúltima cerilla, prende el pito. Le da una larga chupada. Tose. Se frota las manos. Sube el cobertor hasta los hombros. El frío le golpea en las mejillas y la nariz chata; los copos de nieve se posan en su mostacho. Ya está cerca su punto de destino, Medina del Campo, pero una pulmonía traicionera acaba con su vida antes de que puedan montar los decorados. En Medina del Campo velan a Juan Acevedo Bernedo.

—Ahora, le vais a decir el último adiós al abuelo.

Cándido y Marcelino son los más pequeños. Se llevan apenas un mes de diferencia. Juan Antonio, Enrique, las hijas del tío Francisco… rondan los ocho o diez años. Ellos ya saben que la pulmonía es mortal enemiga de los Bernedo y que cuando le claven la tapa al cajón no volverán a ver los bigotes a lo káiser del abuelo. Pero Marcelino y Cándido no quieren entrar en aquella sala gélida donde debía haber tenido lugar la función. Allí duerme Juan Acevedo Bernedo en una caja de madera basta con cuatro cirios en las esquinas traídos de la iglesia de Santiago. Lo han envuelto en una sábana porque el traje de tocar se lo ha quedado el primogénito. Alrededor de los dos pequeños revolotean los padres. Les dicen que pasen juntitos, que los acompañan ellos, que lo que quieran… pero que tienen que entrar. Los críos no paran de berrear. Adela Acevedo pierde la paciencia antes que Gregorio. Tira de Marcelino.

—Este señor no es el abuelo.

—Marcelino, un respeto.

—Pues no se parece.

—Porque está peinado distinto.

Pasa un siglo antes de que Cándido lo vea salir, con la boca apretada.

—Dile a Candidín que no pasa nada, anda —la tía Adela.

—Eso —secunda su hermano Gregorio.

—¡Le salía humo por la boca y ha abierto un ojo! —barbota su primo antes de salir corriendo, como quien acaba de ver a un muerto vivo.

—¡Yo no entro! ¡Yo no entro!

—Mira, Cándido: sólo quedas tú. Vamos a entrar y le vas a dar un beso al abuelo. No se hable más. No hagas caso a tu primo. Estos señores no pueden esperar más, ¿verdad?

Los señores son el médico de guardia, encargado de expedir el certificado de defunción, y el hombre encargado de clavar la tapa del ataúd. La nieve azota la ventana. El aire que se cuela por las junturas desencajadas hace temblar las llamas de los cirios vistos desde la altura de los cuatro años de Cándido, los dos hombres que flanquean el ataúd del abuelo resultan más terroríficos que el cadáver. El médico golpetea nerviosamente la tablilla con la pluma; bate una contraventana, el encargado golpea el martillo contra la pierna… Un pic–patapum–zas, con aires de marcha fúnebre. Cándido busca la mano de su padre que lo toma por los hombros y lo hace avanzar hacia el ataúd.

—Venga, acabemos de una vez.

Dos pasos renuentes, esperando ver el humo que se escapa por bajo las guías del bigote. O que abra los ojos y clave las pupilas en las suyas. Las cejas están dibujadas. La cara, tirando a ocre, mate, embadurnada con la pasta que los Bernedo usan como maquillaje para la escena. Los ojos de los tres hombres están clavados en él. Zas–pic–patapum… La sinfonía macabra le descorazona. Da un paso más… Y, de pronto, el abuelo sale del ataúd como quien se levanta de la cama, bostezando y rascándose la entrepierna. Cándido mira a su alrededor. Su padre sólo tiene ojos para el cadáver; no se da cuenta de que el abuelo ya no está allí. Lo empuja.

—Vamos… —no es su padre, sino su abuelo quien lo acompaña junto al ataúd.

A Cándido ya no le importa besar la piel fría untada de pasta grasienta. Juan Acevedo Bernedo, siempre severo en vida, tiene ahora un gesto afable al inclinarse con su nieto. Éste pregunta por lo bajinis:

—¿No eres esto, verdad?

—Ya ves que no.

—¿Y a dónde vas a ir ahora?

—¿Qué sabe uno? Con la compañía, a otro pueblo a quince o veinte kilómetros, donde se puedan arreglar unas funciones. En mi estado actual, ancha es Castilla.

—Ancha es Castilla…

—¿Qué dices?

Su padre lo aparta de allí. Cuando le abre la puerta al médico, el abuelo aprovecha para colarse. Ancha es Castilla. El encargado coloca la tapa y comienza a martillear. Sesenta y tantos años después, cuando Cándido acude al Festival de Cortometrajes de la villa palentina a recoger el premio concedido a un cortometraje que ha protagonizado, este recuerdo pertinaz le persigue. Durante la cena con los organizadores menciona las circunstancias de la muerte, no de la resurrección, no lo vayan a tomar por otra cosa. Le preguntan si quiere visitar el cementerio. Cándido no entiende la pregunta. Para aliviar la situación el director del festival trae a colación la histórica prohibición de enterrar a los cómicos en sagrado, como al resto de los cristianos. Cándido nunca ha oído hablar de ello. Frente a la interpretación proverbial de este hecho que busca la causa en la asimilación de comediante a maleante, uno de los comensales rescata una opinión de la actriz italiana Valentina Cortese: al desdoblarse en los sucesivos personajes que encarna, el actor asume destinos que no son el suyo y se convierte así en un ser demoníaco. No se trata, por tanto, de la inmoralidad de su vida, si no que entre tanta trasmigración el actor ha perdido su propia alma. Y, claro, sin alma…

—Entonces, ¿qué?

Llamada a capítulo, conciliábulo, asamblea familiar. El primogénito, Juan Acevedo Zabala, que es quien hace la pregunta, ya sabe qué. Disolución de la compañía. Los decorados, sastrería y utilería se facturan a Zaragoza, donde reside la familia de su consorte. Francisco Guijarro ya traía hablado con su mujer, la tiple asmática, que se fueran a América, que ya verían allí si se dedicaban al teatro lírico o a cualquier otra cosa.

—Por nosotros, con que os hagáis cargo de los pasajes…

—Hecho.

Gregorio y Aurora viajan a Madrid donde la madre queda temporalmente en casa de una hermana, modista, con el pequeño Cándido. A los pocos días, Gregorio sale de gira con la compañía del maestro Guerrero. Aurora se ayuda dando clases particulares de violín. El resto de los hermanos ha optado por formar compañía propia. Itinerantes, por supuesto. No han conocido otra cosa. Sus radios de acción se extienden por Galicia, Asturias, Castilla la Vieja y Aragón. Se han comprometido a no utilizar ninguno el apellido Bernedo.

el mundo es un buñuelo

Pues ya está aquí… El mundo es un buñuelo, primera novela de Santiago Aguilar, editada por Bandaàparte editores.

Santiago Aguilar (Madrid, 1959) recrea la biografía imaginada de un proletario de la interpretación, un actor de reparto que vive la vida del mismo modo que la interpreta, como formando parte de una matrioshka infinita, llena de personajes anónimos, a veces, invisibles, pero fundamentales para entender el espectáculo y, por consiguiente, la vida.

Novelas de a duro, cines de sesión continua, argumentos de zarzuela y proyectos de películas rodadas en cooperativa configuran el imaginario peculiar de nuestro protagonista. Cándido Acevedo vive en primera persona la segunda mitad del siglo XX, siempre desde el escalafón más bajo.

El mundo es un buñuelo es una novela sobre las modestas compañías itinerantes que Fernán-Gómez ya retrató en El viaje a ninguna parte, recorriendo pueblos inaccesibles con los últimos éxitos de la escena capitalina. Es también la historia de un actor secundario, cuyo recorrido vital está marcado por una doble búsqueda: la del padre, apuntador sin cuya guía Cándido debe aprender a vivir en un mundo adverso, y la del primer amor malbaratado y siempre añorado.

Y es, ante todo, un homenaje a la figuración teatral y cinematográfica, a la memoria de las salas de espectáculos ya desaparecidas, a Madrid y sus calles… a la capacidad de ensoñación y a la necesidad de poner en cuarentena toda búsqueda y toda pérdida desde el humor y la ironía.

Santiago Aguilar:
El mundo es un buñuelo
Córdoba, bandaàparte editores, 2017.
ISBN 978-84-947482-0-2
240 páginas. PVP 22 €.

En breve, noticias sobre las presentación en Madrid.

las canciones y los días de serge gainsbourg

Gainsbourg

Jane Birkin y Serge Gainsbourg han pasado la noche bebiendo en un bar próximo al Sena. Su relación es tan feliz como explosiva. Discuten por alguna nimiedad. Hay una tarta de nata sobre el mostrador. Jane ve en ella las orejas de soplillo, la nariz ganchuda, las ojeras perennes de Serge, como en una sobreimpresión cinematográfica. Luego, mediante un corte abrupto, ella le estampa la tarta contra el rostro. Jane es consciente de la humillación pública que ha infligido a su amante. Sale corriendo del bar. Serge la sigue hasta el Sena. Una vez ha llegado allí, ella no encuentra otra salida a la situación que arrojarse al río. Hay una corriente bastante violenta. Si ella sabe o no nadar es asunto que sirve para embellecer la anécdota. Llegan los bomberos. Rescatan a la bella. Los amantes regresan a casa empapados y abrazados mientras Paris s’éveille, que cantaba Dutronc.

Es sólo uno de los cientos de lances con los que Felipe Cabrerizo salpimenta su biografía de Serge Gainsbourg, la primera dedicada a este delicado orfebre de joyas pop publicada en España. Y ésta es la principal virtud de su escritura. Como un funámbulo, enarbola la pértiga de la anécdota iluminadora sin dejarse caer nunca en la red de la crónica escandalosa, consciente de que el pigmalión y amante de dos de las mujeres más prodigiosamente bellas de la década prodigiosa -B.B. y Jane B.- se expuso mucho más a sí mismo en sus canciones. Por eso deja que el grueso del rosa biográfico vaya por cuenta de los elefantes a ritmo de twist de Intoxicated Man, en la que parafraseaba a su maestro Boris Vian:

Yo bebo
En dosis demasiado fuertes.
Yo veo
Elefantes rosas,
Arañas sobre la pechera
De mi esmoquin,
Murciélagos en el techo
Del living-
Room.

O sea, que sin arrogarse la facultad de juzgar a nadie y sin renunciar a contar con distancia teñida de ironía la parte impúdica de la vida de Gainsbourg, Cabrerizo bucea en la ingente obra artística del compositor, cantante y cineasta para desentrañar al hombre. Por sus obras los conoceréis, que decía el evangelista Mateo.

Y, como guindas a esta obra que aspira a la totalidad, la exquisita edición de la donostiarra Expediciones Polares cuenta con un prólogo etílico del cineasta Javier Rebollo y con una certera caricatura del biografiado en la portada –rosa, no podía ser de otro modo-, obra de Laszlito Kovaks.

Felipe Cabrerizo:
Gainsbourg – Elefantes rosas: una biografía.
San Sebastián. Expediciones Polares, 2016.
ISBN: 978-84-944149-5-4
448 páginas.

vajda, el cebo y la censura

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En la sección “Perspectivas” del nuevo número de la revista EU-topías (núm. 10, 2016), aparece el artículo “Ocurrió a la luz del día: La censura y las versiones de El cebo, un análisis comparativo de las distintas versiones de la singular coproducción dirigida por Ladislao Vajda en Suiza, del guión de Dürrenmatt y de la novela que él mismo redactó a partir de dicho material.

la mala fortuna de robert hamer

Hace unas semanas llegaba a los anaqueles de las librerías una biografía crítica sobre Robert Hamer, uno de los más sobresalientes directores de Ealing Studios por mucho que su obra como director allí se redujera a cuatro títulos y medio. Tampoco hizo muchos más. Dice la leyenda -y confirma esta biografía- que uno de los más brillantes cineastas de su tiempo resultó destruído por su dependencia del alcohol. El hecho de que cualquier valoración de su trayectoria tuviera como término de comparación Kind Hearts and Coronets (Ocho sentencias de muerte, 1949), tampoco ayudó a que Hamer pudiera desarrollar una carrera en la que sus principales virtudes -calidad literaria, cosmopolitismo y un sentido del humor bastante acre- brillaran como en aquella ocasión.

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Sobre sus películas en el estudio de Michael Balcon y la postrera producida por éste ya fuera del estudio –The Scapegoat (Donde el círculo termina, 1959)- encontrará el lector noticia en la entrada dedicada a repasar el corpus Ealing título a título. Entre las otras, merece la pena destacar el policial The Long Memory (1953), una turbia visión de la Inglaterra de la inmediata posguerra en la que se detecta la influencia de las películas de Carné y Prevert, y Father Brown (El detective, 1954),  adaptación de “La cruz azul”, de Chesterton, con Alec Guinness embutido en la sotana del sacerdote católico empeñado antes en la redención de las almas que en el castigo de los criminales.

James Howard, el autor de More than Coronets: Directed by Robert Hamer, repasa también su aprendizaje junto a Alberto Cavalcanti, sus primeros pasos como montador y productor asociado, y su implicación en la puesta en marcha de la televisión privada en Gran Bretaña, con adaptaciones filmadas de Claude-André Puget e Ivan Turgueniev. Un repaso biográfico y una valoración global sirven para abrir y cerrar el volumen.

El autor ha recopilado testimonios, entrevistas con su biografiado y ha escarbado en las biografías de quienes tuvieron más directo contacto con él, pero la información se presenta título a título, con una ficha de cada película, una sinopsis argumental de aquéllas que dirigió, un puñado de observaciones sobre la producción y un espigado de recensiones críticas. A la larga, esta estructura resulta harto cansina e impide al lector interesarse por la lectura. Además, la información del apartado de observaciones, deriva en ocasiones hacia la mera enumeración del currículum de los principales colaboradores, acentuando la sensación de que estamos ante una tesina. Para colmo, la edición a cargo de CreateSpace Independent Publishing Platform roza la indigencia. El papel es malo, la maquetación brilla por su ausencia, fotografías y tipografía están reproducidas como muy escaso mimo.

More than Coronets satisfará a los entusiastas de Hamer porque, como uno, obviarán estas faltas, pero quien simplemente se quiera acercar a su obra de la mano de un analista incisivo, hará mejor en recurrir al clásico estudio de Charles Barr sobre su trabajo en Ealing , ya que tampoco el enfoque “queer” del capítulo dedicado a Hamer en Ealing Revisited, “Kind Hearts and Campery: The Ealing Family Perverts”, está entre lo más acertado de este, por otra parte, valioso estudio colectivo. Nos queda el consuelo de que el libro definitivo sobre la obra de Robert Hamer está aún por escribir.

James Howard:
More than Coronets: Directed by Robert Hamer.
CreateSpace Independent Publishing Platform, 2015.
ISBN-13: 978-1514324837

en la feria del libro

El miércoles, 3 de junio, de las seis de la tarde en adelante, Aguilar y Cabrerizo estarán en la caseta de Con Tarima Libros (260) de la Feria del Libro de Madrid firmando como descosidos ejemplares de Un bigote para dos, el eslabón perdido de la comedia cinematográfica española.

Un bigote para dos portada

¡Codornizófilos, a la feria!

 

Más información, aquÍ: http://contarima.es/firmas-para-la-74o-feria-del-libro-de-madrid/