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notas sobre la filmografía de ricardo gascón

Ricardo Gascón

Tras iniciarse en el cine amateur, Ricardo Gascón dirige siete películas para el productor José Carreras Planas entre 1947 y 1951.

Don Juan de Serrallonga (1948) es la tercera de ellas y uno de los ejemplos más notables de un género que en España no tenía demasiado predicamento, el de aventuras. Aunque se suele encuadrar la cinta en el ciclo bandoleril, lo cierto es que tiene todos los ingredientes del cine de capa y espada. La leyenda de Juan de Serrallonga lo pinta como bandido generoso, emboscado en las Guillerías, en las estribaciones de los Pirineos, nuevo Sherwood, al igual que el príncipe Juan podría encontrar su equivalente en el Conde Duque de Olivares, el sheriff de Nottingham en el gobernador de Barcelona, don Carlos de Torrellas, y lady Marian, en su hermana Juana de Torrellas.

La acción se sitúa en la Barcelona del siglo XVII con dos familias -Narros y Cadells- enfrentadas por pleitos que se remontan a la Edad Media. Tanto es así, que perseguido por los poderosos, Fadrì de Sau (José Nieto) se ha refugiado en las montañas y siembra el terror en el principado al frente de una partida de bandoleros. A su regreso del exilio don Juan de Serrallonga (Amedeo Nazzari) busca negociar la paz con sus seculares enemigos, sin descartar la lucha pero ennobleciendo sus medios. Además de la devoción por su padre, le guía en su noble propósito el amor que siente por Juana de Torrella (María Asquerino), hermana del gobernador (Félix de Pomés) que ha puesto precio a su cabeza.

Ya hemos señalado su deuda con The Adventures of Robin Hood (Robin de los bosques, Michael Curtiz y William Keighley, 1938), pero es conveniente no perder de vista la fuerte impronta que recibe también del cine italiano in costume. El cine de aventuras italiano ha tenido un fuerte auge durante el fascismo, pero al finalizar la II Guerra Mundial no decae a pesar del auge neorrealista y directores como Riccardo Freda y Carlo Campogalliani lo cultivan con tanta pericia como asiduidad. Con los trasvases continuos entre ambas cinematografías mediterráneas durante los años cuarenta no es extraño que el actor Amedeo Nazzari y el operador Enzo Serafin recalen en Barcelona, contratados por Pecsa Films y participen en varios títulos dirigidos por Gascón.

El productor se emplea a fondo en el apartado de la vistosidad -no en vano la película debe competir con las grandes producciones históricas de Cifesa- pero es el buen pulso con el que Gascón se entrega a la acción y elude el hieratismo de los tableaux vivants de las cintas de Orduña, lo que proporciona a Don Juan de Serrallonga su auténtico valor. Lo paradójico es que siendo una película que busca a toda costa el favor del público popular terminara satisfaciendo más a la administración, que le concede la categoría de Interés Nacional. Más paradójico aún si atendemos al tono moderadamente catalanista de la propuesta argumental y a la lectura en clave que proporciona el hecho de estar realizada en un momento en que el maquis reforzaba sus acciones en Cataluña.

Ha entrado un ladrón  (1949) cuenta el amor enfebrecido del apocado Jacinto Remesal (Roberto Font) por la bella Natalia (Margaret Genske). La ha conocido cuando le pide ayuda porque piensa que un ladrón se ha colado en su piso. Él la invita al teatro en el que trabaja como contable, pero, a la salida, su pobreza le impide invitarla a chocolate y pagar el coche que ha de devolverla a casa. A pesar de ello, Natalia termina accediendo a sus requerimientos en una noche de Carnaval. Le anuncia, eso sí, que cuando su marido regrese de viaje, de esta situación no debe quedar ni el recuerdo. Vuelve el marido que resulta no ser marido sino amante y Jacinto se ve incapaz de cumplir su promesa. Una y otra vez intenta ver a Natalia, hasta que al final, en otra noche de Carnaval, se cuela en su casa vestido de pierrot.

Extraña película ésta dirigida por Ricardo Gascón, que labra su fortuna con un par de títulos solventes de capa y espada entre las que aparece emparedada esta comedia que en su primera parte da muestras de una agilidad y ligereza sorprendente para ir adquiriendo en la segunda tonos progresivamente oscuros hasta alcanzar un final desolador. Última adaptación de las realizadas en la década de los cuarenta a partir de la obra de Wenceslao Fernández Flórez, también es una de las más negras y desesperanzadas, fiel al espíritu pesimista del humorista gallego, tantas veces limado en su traslación al cine. Quizá por eso la acción se sitúa dos décadas atrás, en el Madrid de 1926.

También El hijo de la noche (1950) es una adaptación literaria. En este caso, de la novela homónima de José Francés editada en los años veinte. La película adolece de un exceso de tramas e historias secundarias que provocan un desequilibrio peligroso en un relato de duración canónica. Así, tras un prólogo en el que vemos cómo se reúnen dos hermanos, Lauro (Osvalado Genazzani) y Darío (José Suárez), separados por los avatares de la existencia y por sus divergentes modos de entender la vida, asistimos a un largo flashback en el que se presenta la vida en las colonias de ultramar y un padre violento y cruel (Enrique Guitart). Darío, dinámico e impulsivo, es el favorito del patriarca. En cambio, Lauro es un chico enfermizo que padece de la vista desde niño. Él es “el hijo de la noche” del título, sumido en sus tinieblas interiores. Cuando se reencuentran, Darío va acompañado por dos ricas turistas, madre e hija. Lauro se enamora de Marion (Rosa María Salgado) pero su hermano se la arrebatará para entrar en posesión de su fortuna.

Gascón resuelve con acierto las numerosas peripecias de la primera parte apoyándose en el trabajo del actor Enrique Guitart, pero se ve comprometido a la hora de remontar el último tramo en el que se decanta por el melodrama sin paliativos.

Tras los parabienes oficiales a Don Juan de Serrallonga, aborda de nuevo el melodrama de venturas de inspiración italiana.  Cesare Danova sustituye a su compatriota Amedeo Nazzari al frente del reparto y los paisajes menorquines los de los montes catalanes como marco de la acción. Correo del rey (1951) y El final de una leyenda (1951) son cintas gemelas.  Rodada en Mahón la primera y en Ciudadela la segunda, ambas están guionizadas por Rafael J. Salvia, protagonizadas por Cesare Danova y Juny Orly -esto es, Juana Soler- y producidas una vez más por José Carreras Planas.

En Correo del rey el marqués de Posa (Jacinto San Emeterio) viaja a España con un correo de Napoleón, pero los ingleses hunden la goleta en la que viaja frente a las costas de Menorca. El marqués, el capitán Picardo (Félix de Pomés) y el artillero maltés Marcos (Cesare Danova) son apresados por los ingleses y puestos bajo la custodia del señor de Turón (Rafael Calvo). Para evitar que el mensaje caiga en manos del enemigo, el marqués y el artillero cambian sus identidades. Leonor (Juny Orly), la hija mayor del señor de Turón descubre el escondite del mensaje.

La acción de Final de una leyenda tiene lugar a principios del siglo XX. Carlos Montaña (Cesare Danova), menorquín, segundón, militar de carrera, se enamora de la alumna de un colegio de señoritas durante una visita a Barcelona. Carlos regresa a Ciudadela, su ciudad natal, junto a su pintoresca familia y, sobre todo, a su padre (Rafael Calvo), un hombre que todo lo cifra en el buen nombre de la familia. La enemistad con los Oliván le ha llevado a tapiar los ventanales de la casa que dan a la de sus vecinos. Una pequeña ofensa provoca el enfrentamiento de Carlos con el primogénito (Luis Induni). Según las leyes de la tragedia shakesperiana, Inés (Juny Orly), la hija de los Oliván, no es otra que la colegiala que le robó el corazón a Carlos en Barcelona. Magdalena Montaña (Carmen Rey) media en los amores entre su hermano y su compañera de escuela.

Si la anterior constituía una más que notable cinta de aventuras, esta sigue el modelo del cine caligráfico italiano del primer lustro de la década de los cuarenta: mirada al pasado, adaptación de textos literarios -en este caso de una novela del escritor menorquín Ángel Ruiz y Pablo- y cierto rigor formal.

Tras siete colaboraciones consecutivas con José Carreras Planas, Gascón abandona la disciplina de Pecsa Films. Misión extravagante / Misión en Buenos Aires (Ricardo Gascón, 1953) es una oscura coproducción de las casas Española Films P.C. y Establecimientos Filmadores Argentinos. Reparto y localizaciones dan cuenta del carácter transatlántico de la obra, basada en una novela romántica de Carmen Montero. El protagonista es Víctor Mendoza (Mario Cabré), famoso matador con el sobrenombre de “El Marquesito”, al que se le encomienda la tarea de conseguir una patente de un acero especial de la compañía Siderúrgica Argentina. En el tren en el que viaja a Lisboa para embarcarse se encuentra con la bella aventurera Tilda Tanker (Mercedes Monterrey), quien lo distrae hasta que le roban la documentación. A partir de ese momento, las cosas no dejan de complicarse: desencuentros en Buenos Aires, combates de lucha libre, andanzas por cornisas a cuarenta metros del suelo, enfrentamientos a punta de pistola, peleas… Sobrevivir a todo ello supondrá, de paso, conquistar el amor de Cristina (Elisa Christian Galvé), la hija del presidente de la compañía.

Los incidentes se acumulan sin que nunca estemos muy seguros de cuál es el sentido de la aventura. Gascón se muestra inseguro tanto en el tono que debe adoptar el relato –comedia de aventuras, película de intriga, drama de acción…- como en la dirección de actores. La actriz argentina Christian Galvé -próximo su éxito internacional en Cómicos (Juan Antonio Bardem, 1953)- aparece como perdida y la simpatía personal del torero español Mario Cabré no le permite aportar mayores matices a un personaje que sucumbe ante la avalancha de situaciones injustificadas.

Antes de marchar definitivamente a Argentina, Gascón trabaja para otras productoras y factura algunas cintas de corte policiaco, como las que se estilan por esos años. El ejemplo más representativo de la adscripción de Gascón a este ciclo es Los agentes del Quinto Grupo (1955). El reparto es el habitual en producciones de este tipo, con el paternal inspector encarnado por Manolo Gas a la cabeza. En una intervención cómica estelar, José Sazatornil “Saza”. Los agentes son los hombres del inspector Peña (Manolo Gas): Pablo Durán (Armando Moreno), enamorado de la hermana de un compañero con la que le gustaría emprender una nueva vida, alejada de los sinsabores del servicio; Martín (Miguel Fleta), escritor aficionado de novelas policiacas y con un complejo de Edipo que tira de espaladas; Lozón (José María Marco), rico por casa y con una carrera brillante en el cuerpo; y Morales (Arsenio Freignac), el más joven y también el más impulsivo. Su misión es acabar con la banda de Barrière (Barta Barri), un tipo despiadado e implacable, que lo mismo roba a un contable en un garaje que planea el asalto a una factoría el día del pago de las nóminas, dejando un reguero de cadáveres a su paso.

Ignacio Iquino, coinventor del género criminal barcelonés, produce y pone en manos de Ricardo Gascón una película que vuelve a glorificar el trabajo de la Brigada de Investigación Criminal. Dos son las diferencias fundamentales con otras entregas de la serie: a) que salvo el prólogo y el epílogo -sendos atracos resueltos a tiros- se siguen los pequeños dramas familiares de cada uno de los hombres del grupo, reduciendo la investigación al mínimo; y b) que empiezan a aparecer en los argumentos tramas asociadas al maquis urbano, convenientemente maquilladas de delincuencia común.

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